
Squillaci puso la pierna, pero en cada rebote que el balón daba, en cada centímetro que la pelota avanzaba ante la atónita mirada de todos los jugadores que formaban aquel barullo en el área, estaba el esfuerzo de miles de almas sevillistas empujando, haciendo que el balón, travieso se colara a trompicones en la meta defendida por todo el Valencia. Los sevillistas que ayer estuvimos en Nervión metimos ese tanto que nos coloca en semifinales de la Copa de su majestad el Rey.
Desde el minuto 1 el calor que desprendían las gradas fue colosal, fue el de las grandes citas. Ni siquiera el tempranero gol de Marchena hizo que nos calláramos. Al contrario, enrabietados, fuimos a más. Cada decisión errónea del árbitro era un clamor, cada segundo perdido por el impresentable de César (el verde ese igual no te da tanta suerte, ¿eh payaso?) nos hacía saltar de nuestros asientos, no parábamos de animar. Nerviosos, invadíamos pasillos y escaleras, paseábamos por el interior del estadio encomendándonos a la infinita bondad de Dios... y por fin, cuando parecía que aquello era lo más parecido que había a tirar huevos contra un muro, llegó el gol de la grada, que lo materializó Squillaci convirtiendo nuestras gargantas en un clamor unísono. Abrazos, risas, gritos... esta parte ya la sabéis.
Estamos a un paso de una final gracias a nuestro apoyo. Y el miércoles volveremos a necesitarlo. Hay que estar allí y romperse la garganta de nuevo. Yo, de momento me voy a ir preparando una infusión de limón, que hay que recuperar la voz.










