
Han pasado ya casi siete días desde que el Real Madrid se alzara con el título de campeón de la Copa del Rey 2010/11.
He querido dejar pasar el tiempo en parte porque he estado más liado que Sergio Ramos a la hora de escribir su nombre y en parte porque quería digerir bien lo que ocurrió aquella noche de Miércoles Santo.
Dos equipos en el terreno de juego, uno jugando al fútbol lo que le dejaban y otro coceando a diestro y siniestro ante la permisividad de Undiano y su amiguete Fermín el del banderín. Una parte para el Madrid con su no juego y otra parte para el Barcelona con un Casillas de cine que evitó los goles catalanes. El partido lo vimos béticos, sevillistas, un madridista y un culé. Todos coincidimos (no sé si el madridista por presión popular) en que era una vergüenza la licencia que el colegiado daba a las patadas de los Pepe, Carvalho, Ramos, Albiol (o Arbeloa, siempre me confundo con estos dos muchachetes. Son los dos igual de malos).
Undiano, un árbitro en mi opinión pésimo, le regaló la Copa al Madrid desde el partido de ida contra el Sevilla (no voy a hablar más de este partido porque ha sido uno de los episodios más grandes de hipnotismo colectivo que he podido vivir), pero el caso es que sin protagonizar ninguna jugada puntual (un penalty no pitado, un fuera de juego...), Undiano y su panda hicieron el trabajo sucio y preciso al que tan acostumbrados estamos a padecer los sevillistas. Faltita aquí, faltita allí, etc.
Cierto es que Alves también tuvo un par de jugadas en las que se pasó, pero cierto es que Di María, el jugador que dio la perfecta asistencia de gol en el tanto madridista, debería haber estado expulsado por manos cuando ya tenía una amarilla. Y eso es así aquí y en Pekín, que por lo visto ahora se llama Beijing.
He resucitado todo esto porque me hace mucha gracia que los del Madrid se asombren si Guardiola sospecha de los árbitros y sus actuaciones futuras. Es que es lo más normal del mundo.
Chiste: - Papá, papá, para Reyes quiero la camiseta del Madrid.
- ¿Cuál hijo, la de los jugadores o la del árbitro?
He querido dejar pasar el tiempo en parte porque he estado más liado que Sergio Ramos a la hora de escribir su nombre y en parte porque quería digerir bien lo que ocurrió aquella noche de Miércoles Santo.
Dos equipos en el terreno de juego, uno jugando al fútbol lo que le dejaban y otro coceando a diestro y siniestro ante la permisividad de Undiano y su amiguete Fermín el del banderín. Una parte para el Madrid con su no juego y otra parte para el Barcelona con un Casillas de cine que evitó los goles catalanes. El partido lo vimos béticos, sevillistas, un madridista y un culé. Todos coincidimos (no sé si el madridista por presión popular) en que era una vergüenza la licencia que el colegiado daba a las patadas de los Pepe, Carvalho, Ramos, Albiol (o Arbeloa, siempre me confundo con estos dos muchachetes. Son los dos igual de malos).
Undiano, un árbitro en mi opinión pésimo, le regaló la Copa al Madrid desde el partido de ida contra el Sevilla (no voy a hablar más de este partido porque ha sido uno de los episodios más grandes de hipnotismo colectivo que he podido vivir), pero el caso es que sin protagonizar ninguna jugada puntual (un penalty no pitado, un fuera de juego...), Undiano y su panda hicieron el trabajo sucio y preciso al que tan acostumbrados estamos a padecer los sevillistas. Faltita aquí, faltita allí, etc.
Cierto es que Alves también tuvo un par de jugadas en las que se pasó, pero cierto es que Di María, el jugador que dio la perfecta asistencia de gol en el tanto madridista, debería haber estado expulsado por manos cuando ya tenía una amarilla. Y eso es así aquí y en Pekín, que por lo visto ahora se llama Beijing.
He resucitado todo esto porque me hace mucha gracia que los del Madrid se asombren si Guardiola sospecha de los árbitros y sus actuaciones futuras. Es que es lo más normal del mundo.
Chiste: - Papá, papá, para Reyes quiero la camiseta del Madrid.
- ¿Cuál hijo, la de los jugadores o la del árbitro?
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